La dependencia tecnológica de Europa: ¿podrá liberarse del dominio estadounidense?

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Los repetidos intentos de Donald Trump de adquirir Groenlandia han puesto de relieve una pregunta aguda para las naciones europeas: ¿cuán dependientes son de la tecnología estadounidense? ¿Es siquiera posible el desacoplamiento? Si bien los boicots directos no son realistas, la presión geopolítica está obligando a una reevaluación de la soberanía digital. La situación pone de relieve una tendencia de dependencia a largo plazo que muchos gobiernos europeos recién ahora están abordando.

La realidad del alcance de la tecnología estadounidense

Un boicot total a la tecnología estadounidense no es práctico. Cambiar de un iPhone a un Samsung todavía coloca a los usuarios dentro del ecosistema Android de Google, una entidad con sede en Estados Unidos. Incluso las alternativas chinas como Huawei simplemente trasladan la dependencia a otra potencia geopolítica. Esto va más allá del hardware: las redes sociales dominantes (Facebook, Instagram, X, Snapchat) y los servicios de streaming (Netflix, Disney+, Amazon Prime Video) son abrumadoramente estadounidenses. TikTok, a pesar de sus orígenes chinos, está cada vez más sujeto a la influencia estadounidense. Spotify sigue siendo una rara excepción como plataforma importante de uso diario fuera de Estados Unidos.

No se trata sólo de conveniencia; se trata de infraestructura. Los servicios públicos europeos dependen en gran medida de plataformas estadounidenses como Microsoft y Google. Esto crea una vulnerabilidad: una administración estadounidense hostil podría perturbar las operaciones europeas con relativa facilidad. El debate actual sobre Groenlandia está obligando a analizar detenidamente esta dependencia.

Alternativas emergentes, pero con limitaciones

Europa no está exenta de opciones. Las empresas francesas han desarrollado Qwant (un motor de búsqueda) y Mistral (un competidor de ChatGPT). Los fabricantes especializados de teléfonos inteligentes como el español Liberux Nexx (basado en Linux) y el alemán Volla (sistema operativo propietario) ofrecen alternativas, pero carecen de atractivo general.

La pregunta más importante es si los gobiernos y las empresas pueden reducir sistemáticamente la dependencia. Algunas ya lo son: una cumbre celebrada en noviembre en Berlín produjo siete puntos de política para impulsar a las empresas tecnológicas europeas. La iniciativa “EuroStack” aboga por “comprar, vender y financiar” servicios locales de computación en la nube, inteligencia artificial y conectividad, ya que actualmente solo el 1% de la infraestructura digital de la Comisión Europea es de propiedad europea.

El costo de la soberanía

Construir una pila digital soberana será costoso (posiblemente de billones de euros), pero sus defensores argumentan que es esencial para la seguridad a largo plazo. Depender únicamente de los costos y de los principios pasados ​​de apertura del mercado, sin considerar los riesgos geopolíticos, es cada vez más ingenuo. Muchos sistemas corporativos y del sector público están encerrados en los ecosistemas de Microsoft y Google, lo que dificulta las transiciones.

¿Es demasiado tarde?

Algunos tomadores de decisiones cuestionan si el desacoplamiento es siquiera factible antes de que Trump deje el cargo en 2029. Sin embargo, incluso si el impacto inmediato es limitado, la inacción es el mayor riesgo. “Empezar ahora es la única manera de tener opciones reales en el futuro”, afirma Tommaso Valletti del Imperial College de Londres. La turbulencia geopolítica exige un enfoque más sólido hacia la independencia tecnológica.

El camino a seguir no es fácil, pero es inevitable. Europa debe comenzar a construir alternativas ahora para evitar un futuro en el que su infraestructura digital sea rehén de potencias extranjeras.