Por qué desahogar la ira te enoja más, no menos

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Todos hemos estado allí. Algo sale mal. El café se derrama. El jefe critica tu trabajo. El tráfico se atasca. El instinto es visceral: desahogarse. Gritamos contra una almohada. Nos desahogamos con un amigo. Dejamos que la rabia cabalgue hasta que se desvanezca.

Se siente catártico. Es como sacar presión de una caldera para que no explote.

Los psicólogos, sin embargo, no se creen las exageraciones. De hecho, están argumentando activamente en contra de ello. La sabiduría predominante sugiere que desahogarse no libera la ira. Lo alimenta. Y las pruebas están empezando a acumularse.

El mito de la catarsis

Durante años, la idea de “liberar la emoción reprimida” fue tratada casi como una ley de la física. Si lo empujas, desaparece. Pizarra limpia.

Pero los estudios dicen lo contrario. La mayoría de ellos muestran que desahogarse en realidad intensifica la ira. No se disipa. Se amplifica.

Realice un estudio en el que participen 100 ingenieros y técnicos. Estos no eran cualquiera. Habían sido despedidos por una empresa de aviación. Un duro golpe. Una sentencia de muerte profesional para muchos.

Los investigadores les pidieron que procesaran su ira. Específicamente, se les animó a dejar salir su frustración. ¿Cómo? Recordando situaciones en las que se sintieron tratados injustamente. Dejando que los recuerdos se desarrollen. Dándole un escenario a la rabia.

Los resultados fueron sorprendentes.

El circuito de retroalimentación

La expectativa era que al expresar sus quejas, estos profesionales sintieran alivio. Que el acto de expresar la ira la neutralizaría.

No fue así.

En cambio, el proceso de recordar la injusticia y vocalizar la frustración probablemente reforzó las vías neuronales asociadas con esa ira. Cuanto más se centraban en la injusticia, más real y potente se volvía la emoción.

Por eso los psicólogos desaconsejan desahogarse. No es porque quieran que lo reprimas. Es porque desahogarse a menudo actúa como un ensayo de la ira. No estás eliminando el archivo. Simplemente lo estás copiando y pegando una y otra vez.

¿Qué funciona realmente?

Si gritar al vacío no funciona, ¿qué funciona?

La investigación apunta hacia la reevaluación cognitiva. No reprimir la emoción. Sin fingir que no está ahí. Pero cambiando la forma de interpretar el acontecimiento.

En lugar de centrarse en la injusticia, concéntrese en los hechos. ¿Qué pasó realmente? ¿Qué se puede controlar? ¿Cuál es el siguiente paso?

Ventilar te mantiene en el pasado. Te encierra en la narrativa de la víctima.

La ira es una señal. Son datos. Te dice que algo anda mal. Pero tratarlo como una toxina que debe ser excretada es un error. Es más como una luz de advertencia en un tablero.

No se arregla un auto tocando la bocina del motor.

La sensación de liberación es real. Pero es temporal. Y es una trampa.

Golpear un saco de boxeo suena a justicia. Se siente como una liberación. Pero la psicología dice que es una trampa. Cuando los investigadores provocaron a los participantes, dejándoles aplastar una pelota, no se sintieron mejor. Empeoraron. Su agresividad se disparó. Si pasaban tiempo reflexionando sobre la persona que los molestaba, el deseo de venganza se hacía más fuerte. La ira no se disipó. Fermentó.

¿Y suprimirlo? Eso tampoco funciona. Masticar tu frustración sólo la vuelve más amarga.

La ciencia de contar hasta diez

La solución es aburrida. Es sencillo. Es eficaz. Esperar.

La ira tiene un componente físico. Tu corazón se acelera. Tus músculos se tensan. Si esperas, el nivel de excitación del cuerpo baja. Entonces podrás mirar la situación con nuevos ojos.

“La ira y la excitación física están relacionadas. El enfriamiento permite un reencuadre cognitivo”.

Esto es importante para tu salud. Los estudios vinculan la ira crónica con las enfermedades cardíacas y la presión arterial alta. Dejar ir no se trata sólo de tranquilidad. Se trata de mantener el corazón latiendo constantemente durante décadas.

Decir malas palabras como analgésico

El dolor funciona de manera diferente.

Golpéate el pulgar con un martillo. ¿A qué te dedicas? Maldices. Fuerte. Esto no es sólo un hábito. Es biología.

Los investigadores probaron esto con agua helada. Los estudiantes tuvieron que sumergir sus manos en agua helada. Un grupo podría maldecir. El otro grupo tuvo que utilizar palabras neutrales.

Los resultados fueron claros.
* Los que decían malas palabras tenían frecuencias cardíacas más altas.
* Duraron más en el agua.
*Refirieron menos dolor.

¿Por qué? Decir malas palabras desencadena la respuesta de “luchar o huir”. La adrenalina inunda tu sistema. Tu ritmo cardíaco salta. El nivel de azúcar en sangre aumenta. Tu cuerpo se prepara para la batalla. Este cambio fisiológico atenúa el dolor. Reduce el miedo asociado al dolor.

Olor y sufrimiento

Si decir malas palabras ayuda, ¿deberíamos reprimir nuestro impulso de maldecir cuando nos sentimos heridos? No.

Pero hay otros trucos. El olfato también influye.

En otro estudio, los participantes pusieron sus brazos en agua fría. Olían diferentes olores: dulces, neutros o desagradables.

Aquellos que olieron aromas dulces soportaron el dolor por más tiempo.

Aquí está el truco. Sintieron el mismo nivel de intensidad del dolor. La dulzura no adormeció el dolor. Simplemente hizo que fuera más fácil de tolerar. El cerebro recibe información positiva (el agradable olor) y negativa (el agua fría). La señal positiva anula la negativa.

Así que la próxima vez que estés enojado, espera. Deja que el calor se apague. ¿Pero cuando te lastimas? Maldice libremente. O oler algo agradable. Tu cerebro se encargará del resto.

La ciencia es clara. La ira aumenta. El dolor puede atenuarse. Sólo necesitamos escuchar lo que nuestro cuerpo realmente pide.